La bodega
La bodega —Tal vez esta creencia equivale a una cobardía: tú no puedes comprenderme, Alcaparrón. Pero ¡ay!, ¡la Muerte!, ¡la incógnita, que nos espía y nos sigue, burlándose de nuestras soberbias y nuestras satisfacciones!… Yo la desprecio, me río de ella, la espero sin miedo para descansar de una vez: y como yo, muchísimos. Pero los hombres amamos, y el amor nos hace temblar por los que nos rodean: troncha nuestras energías, nos hace caer de bruces, cobardes y trémulos ante esa bruja, inventando mil mentiras, para consolarnos de sus crímenes. ¡Ay, si no amásemos!…, ¡qué animal tan valeroso y temerario sería el hombre!
El carro, en su marcha traqueteante, había dejado atrás al gitano y a Salvatierra, que se detenían para hablar. Ya no le veían. Les servía de guía su lejano chirrido y el plañir de la familia, que marchaba a la zaga, acometiendo de nuevo la canturía de su dolor.
—¡Adiós, Mari-Crú! —gritaban los pequeños, como acólitos de una religión fúnebre—. ¡Se ha muerto nuestra prima!…
Y cuando callaban un momento, volvía a sonar la voz de la vieja, desesperada, estridente, como la de un sacerdote del dolor.
—¡Se va la paloma blanca; la gitana durse; el capullito de rosa antes de abrir!… ¡Señó Dios!, ¿en qué piensas, que sólo ajogas a los buenos?…