La tierra de todos
La tierra de todos El famoso Manos Duras vivía al borde de la altiplanicie, del lado de la Pampa, viendo enfrente el límite de la Patagonia, y a sus pies la amplia y tortuosa cortadura del río y un extremo de la estancia de Rojas.
Su casa, hecha de adobes, tenía alrededor otras construcciones aún más míseras y unos corrales de viejos maderos hincados en el suelo, que sólo de tarde en tarde guardaban algún animal.
Todos en el país conocían la situación del llamado «rancho de Manos Duras»; pero pocos iban a él, por ser lugar de mala fama. Algunas veces, los que pasaban con cierta inquietud por sus inmediaciones sólo conseguían tranquilizarse al notar su soledad. No ladraban ni salían al camino los perros de hirsuto pelaje, ojos sangrientos y agudos colmillos acompañantes del gaucho. Tampoco se veían sus caballos pastando la hierba rala de los alrededores.
Manos Duras se había ido. Tal vez merodeaba por las orillas del río Colorado, donde era más abundante la ganadería que en el río Negro; tal vez vagaba por las estribaciones de los Andes, para visitar a sus amigos del valle del Bolsón —poblado en gran parte por aventureros chilenos—, o a los que habitaban las riberas de los lagos andinos. Estas excursiones a la Cordillera eran, según afirmaban muchos, para vender en Chile animales robados en la Argentina.
