La tierra de todos
La tierra de todos Marchó Watson hacia el pueblo, sintiendo en su interior la comezón de una conciencia que empieza a perder su tranquilidad.
Recordaba con remordimiento aquel breve diálogo en el parque improvisado, durante el cual habló duramente a Robledo. «¡Y por esa mujer —pensaba— que lleva los hombres a la muerte, he maltratado al mejor de mis amigos!».
Luego, el rostro triste y lloroso de Celinda sucedía en su imaginación a la cara bondadosa de Robledo.
«¡Pobre Flor de Río Negro! —siguió diciéndose—. Debo ir mañana a implorar su perdón, si es que se digna escucharme».
Entró en la Presa ensimismado, dejándose llevar por el instinto de su cabalgadura; pero de pronto notó que ésta quería detenerme, y al levantar su cabeza se dio cuenta de que estaba ante la casa de la Torrebianca.
El comisario de policía, ayudado por dos de sus hombres, empujaba con suavidad al último grupo de curiosos, llevándoselo por delante entre paternales exhortaciones.
