La tierra de todos
La tierra de todos Esta mañana las cartas de París no eran muchas: una del establecimiento que había vendido en diez plazos el último automóvil de la marquesa, y sólo llevaba cobrados dos de ellos; varias de otros proveedores —también de la marquesa— establecidos en cercanías de la plaza Vendôme, y de comerciantes más modestos que facilitaban a crédito los artículos necesarios para la manutención y amplio bienestar del matrimonio y su servidumbre.
Los criados de la casa también podían escribir formulando idénticas reclamaciones; pero confiaban en el talento mundano de la señora, que le permitiría alguna vez salir definitivamente de apuros, y se limitaban a manifestar su disgusto mostrándose más fríos y estirados en el cumplimiento de sus funciones.
