DOCTRINA SECRETA TOMO 2

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Sección III ¿Es la gravitación una ley?

La teoría corpuscular ha sido desechada sin ceremonia alguna; pero la gravitación —el principio de que todos los cuerpos se atraen unos a otros con una fuerza en proporción directa de sus masas, e inversa del cuadrado de las distancias que los separan— sobrevive hoy día y reina, como siempre suprema, en las supuestas ondas etéreas del Espacio. Como hipótesis, ha sido amenazada de muerte por su insuficiencia para abarcar todos los hechos que se le presentaban; como ley física, es el Rey de los antiguos «Imponderables, —antes todopoderosos—. ¡Es poco menos que una blasfemia… un insulto a la respetada memoria de Newton el ponerla en duda!» —exclama un crítico americano de Isis sin Velo—. Está bien; pero ¿qué es al fin y al cabo ese Dios invisible e intangible en quien debiéramos creer con fe ciega? Los Astrónomos que ven en la gravitación una cómoda solución de muchas cosas, y una fuerza universal que les permite calcular movimientos planetarios, se preocupan poco de la Causa de la Atracción. Llaman ellos a la Gravedad una ley, una causa en sí misma. Nosotros llamamos efectos a las fuerzas que obran bajo ese nombre, y además efectos muy secundarios. Algún día se verá que la hipótesis científica, a pesar de todo, no satisface; y tendrá entonces la misma suerte que la teoría corpuscular de la luz, y quedará condenada a descansar durante muchos æones científicos en los archivos de todas las especulaciones en desuso. ¿Acaso no manifestó el mismo Newton serias dudas acerca de la naturaleza de la Fuerza y la corporeidad de los «Agentes», según eran llamados entonces? Lo mismo sucedió a Cuvier, otra lumbrera científica que brilla en las tinieblas de la investigación. En la Révolution du Globe previene a sus lectores sobre la naturaleza dudosa de las llamadas Fuerzas, diciendo que «no es muy seguro que esos agentes no sean, después de todo, Poderes Espirituales [des agents spirituels]». Al empezar Sir Isaac Newton su Principia, tuvo el mayor cuidado de grabar en su escuela la idea de que no empleaba la palabra «atracción», respecto a la acción mutua de los cuerpos, en un sentido físico. Dijo que para él era un concepto puramente matemático, que no envolvía consideración alguna de causas físicas, reales y primarias. En un pasaje de su Principia[362], nos dice, con toda claridad, que físicamente consideradas, las atracciones son más bien impulsos. En la Sección XI (introducción) expresa la opinión de que «existe algún espíritu sutil por cuya fuerza y acción son determinados todos los movimientos de la materia[363]»; y en su Third Letter a Bentley, dice:


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