DOCTRINA SECRETA TOMO 2

DOCTRINA SECRETA TOMO 2

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Permitidme, señores, llamar ahora vuestra atención por un momento sobre una cuestión que concierne a los principios fundamentales de la química, asunto que puede llevarnos a admitir la posible existencia de cuerpos que, si bien no son compuestos ni mezclas, no son tampoco cuerpos simples en el sentido más estricto de la palabra; cuerpos que me atrevo a llamar «metasimples». Para explicar mi idea necesito volver al concepto que tenemos formado de un cuerpo simple. ¿Cuál es el criterio acerca del mismo? ¿Dónde hemos de trazar la línea entre la existencia distinta y la identidad? Nadie duda de que el oxígeno, el sodio, el cloro y el azufre sean cuerpos simples separados; y cuando tratamos de grupos como el cloro, el bromo, el yodo, etc., tampoco tenemos duda alguna, y aunque fuesen admisibles los grados de «simplicidad» —a lo cual puede que tengamos que venir a parar últimamente—, podría admitirse que el cloro se aproxima mucho más al bromo que al oxígeno, y que al sodio y al azufre. También el níquel y el cobalto se aproximan mucho, aunque nadie pone en duda su derecho a figurar como cuerpos simples distintos. No puedo, sin embargo, dejar de preguntar cuál habría sido la opinión dominante entre los químicos si las respectivas soluciones de esos cuerpos y sus compuestos presentasen colores idénticos, en vez de colores que, hablando aproximadamente, son mutuamente complementarios. ¿Acaso se hubiese aun reconocido su naturaleza distinta? Cuando seguimos adelante y llegamos a las llamadas tierras raras, nos encontramos en terreno menos firme. Podemos quizás admitir el escandio, el iterbio y otros de la misma clase, como simples; pero ¿qué podemos decir en el caso del neodimio y praseodimio, entre los que puede decirse que no existe diferencia química bien marcada, siendo su derecho a la individualidad separada, ligeras diferencias como bases y facultades cristalizadoras, aunque sus diferencias físicas, como lo demuestran las observaciones hechas con el espectro, son muy marcadas? Aun aquí podemos pensar que el ánimo de la mayoría de los químicos se inclinaría del lado de la indulgencia, admitiendo a esos dos cuerpos dentro del círculo encantado. En cuanto a saber si obrando así podrían apelar a cualquier principio fundamental, es cuestión dudosa. Si admitimos a esos candidatos, ¿cómo podremos excluir con justicia las series de cuerpos simples o metasimples que Krüss y Wilson nos dieron a conocer? Aquí las diferencias espectrales son bien marcadas, mientras que mis propias investigaciones sobre el didimio muestran también una ligera diferencia básica, al menos entre algunos de esos cuerpos dudosos. En la misma categoría deben incluirse los numerosos cuerpos separados, en los cuales es probable que el itrio, el erbio, el samario y otros «elementos» —según se llaman comúnmente— han sido y son agrupados. ¿Dónde, pues, hemos de trazar la línea? Las distintas agrupaciones se esfuman tan imperceptiblemente unas en otras, que es imposible establecer una división definida entre dos cuerpos adyacentes cualesquiera, y decir que el cuerpo de este lado de la línea es simple, mientras que aquel que se encuentra en el otro no es simple o es tan solo algo que lo simula o se aproxima a ello. Dondequiera que pueda trazarse una línea con aparente razón, será sin duda fácil asignar de una vez a la mayoría de los cuerpos el puesto que les corresponde, puesto que en todos los casos de clasificación la verdadera dificultad empieza cuando nos acercamos a la línea divisoria. Admítense, por supuesto, ligeras diferencias químicas y, hasta cierto punto, hácese lo mismo con bien marcadas diferencias físicas. ¿Qué diremos, sin embargo, cuando la única diferencia química es una tendencia casi imperceptible en un cuerpo —de un par o de un grupo— a precipitarse antes que el otro? Además, hay casos en que las diferencias químicas alcanzan el punto en que se desvanecen, aun cuando todavía quedan diferencias físicas bien determinadas. Aquí tropezamos con una nueva dificultad: en tales oscuridades, ¿cómo distinguir entre lo químico y lo físico? ¿Acaso no estamos autorizados a llamar a una ligera tendencia de un precipitado amorfo naciente a formarse antes que otro, «una diferencia física»? Y ¿no podríamos llamar a las reacciones coloreadas dependientes de la solución y de acuerdo con el solvente empleado, «diferencias químicas»? No veo la posibilidad de negar el carácter de simple a un cuerpo que difiere de otro por un color bien determinado o por reacciones espectrales, mientras lo concedemos a otro cuerpo cuyo único derecho es una diferencia muy insignificante en poderes básicos. Habiendo abierto una vez la puerta lo bastante para admitir algunas diferencias espectrales, hemos de preguntar: ¿cuál es la diferencia mínima que autoriza al candidato para pasar? Presentaré algunos ejemplos, sacados de mi propia experiencia, de algunos de esos candidatos dudosos.


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