DOCTRINA SECRETA TOMO 2

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Sección XIII Las fuerzas: ¿modos de movimiento o inteligencias?

Esta es, pues, la última palabra de la Ciencia Física, hasta el año actual, 1888. Las leyes mecánicas nunca podrán probar la homogeneidad de la Materia Primordial, excepto como inferencia y como desesperada necesidad, cuando no quede otro recurso, como en el caso del Éter. La ciencia moderna solo está segura en su propia región y dominios, dentro de los límites físicos de nuestro Sistema Solar, más allá del cual todas las cosas, toda partícula de Materia, es diferente de la Materia que conoce, y donde la Materia existe en estados de que la Ciencia no puede formarse idea. Esta Materia, que es verdaderamente homogénea, está más allá de la percepción humana, si la percepción está encadenada tan solo a los cinco sentidos. Sentimos sus efectos por medio de aquellas INTELIGENCIAS que son los resultados de su diferenciación primordial, a las que damos el nombre de Dhyân Chohans, llamados en las obras herméticas los «Siete Gobernadores»; aquellos que Pymander, el «Pensamiento Divino», menciona como «Poderes Constructores», y que Asklepios llama los «Dioses Celestes». Algunos de nuestros astrónomos han llegado a creer en esta Materia, Substancia Primordial verdadera, Nóumeno de toda la «materia» que conocemos; pues ellos desesperan de la posibilidad de explicar jamás la rotación, la gravedad y el origen de las leyes mecánicas físicas, a menos que estas INTELIGENCIAS sean admitidas por la Ciencia. En la obra antes citada sobre Astronomía, por Wolf[591], el autor hace por completo suya la teoría de Kant, la cual, si no en su aspecto general, por lo menos en algunos de sus rasgos, nos hace recordar muchísimo ciertas enseñanzas esotéricas. Aquí tenemos el sistema del mundo «renacido de sus cenizas» a través de una nebulosa —la emanación de los cuerpos, muertos y disueltos en el Espacio, resultante de la incandescencia del Centro Solar—, reanimado por la materia combustible de los Planetas. En esta teoría, nacida y desarrollada en el cerebro de un joven de apenas veinticinco años, que nunca había abandonado su país natal, Königsberg, pequeña ciudad del norte de Prusia, no puede uno menos que reconocer o la presencia de un poder inspirador externo, o una prueba de la reencarnación, que es lo que los ocultistas ven. Llena ella un vacío que el mismo Newton, con todo su genio, no pudo salvar. Y seguramente es nuestra Materia Primordial, Âkâsha, la que Kant consideraba, cuando presupuso una Substancia primordial universal penetrante, para resolver la dificultad de Newton y su fracaso en explicar, por las fuerzas solas naturales, el impulso primitivo comunicado a los Planetas. Porque, como él dice en el capítulo VIII, si se admite que la perfecta armonía de las Estrellas y de los Planetas y la coincidencia de los planos de sus órbitas prueba la existencia de una Causa natural, que sería así la Causa Primordial, «esa Causa no puede ser realmente la materia que llena hoy los espacios celestes». Debe ella ser la que llenaba el Espacio —la que era Espacio— originalmente, cuyo movimiento en Materia diferenciada fue el origen de los movimientos actuales de los cuerpos siderales; y que, «condensándose en esos mismos cuerpos, abandonó de este modo el espacio que hoy se encuentra vacío». En otras palabras, los Planetas, los Cometas y el Sol mismo se componen de esa misma Materia, la cual, habiéndose originariamente condensado en aquellos cuerpos, ha conservado su cualidad inherente de movimiento; cuya cualidad, concentrada ahora en sus núcleos, dirige todo movimiento. Una ligerísima alteración de palabras, y unas cuantas adiciones, convertirían esto en nuestra Doctrina Secreta.


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