La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros
La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros Pasó el tiempo. El tío envejecía y el sobrino se acercaba a su mayor edad. Los días y los años habían pasado en una serenidad monótona, cuando en el hasta entonces claro horizonte de la familia se formó una nube. En un día desgraciado se le ocurrió a una de las sobrinas aprender a tocar la cítara. Como el instrumento es de origen puramente teutón, y como no podía encontrarse maestro alguno en los alrededores, el complaciente tío envió a buscar uno y otro a San Petersburgo. Después de una investigación minuciosa, sólo pudo darse con un profesor que no tuviera inconveniente en aventurarse a ir tan cerca de la Siberia. Era un artista alemán, anciano, que, compartiendo su cariño igualmente entre su instrumento y su hija, rubia y bonita, no quería separarse de ninguno de los dos. Y así sucedió que en una hermosa mañana llegó el profesor a la mansión, con su caja de música debajo del brazo y su linda Minchen apoyándose en el otro.
Desde aquel día la pequeña nube empezó a crecer rápidamente, pues cada vibración del melodioso instrumento encontraba un eco en el corazón del viejo solterón. La música despierta el amor, se dice, y obra comenzada por la cítara fue completada por los hermosos ojos azules de Minchen. Al cabo de seis meses, la sobrina se había hecho una hábil tocadora de cítara y el tío estaba locamente enamorado.