La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros
La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros Otro movimiento más rápido e involuntario, otra nueva zambullida en aquel tan informe como angustioso elemento, y heme aquà ya, de pie, efectivamente de pie, dentro del suelo, amacizado por todos lados en una tierra compacta, y que resultaba, sin embargo, de perfecta transparencia para mis perturbadÃsimos sentidos. ¡Cuán absurda, cuán inexplicable situación! Un nuevo instante de suprema angustia, y heme ahora, ¡horror de horrores!, con un negro ataúd tendido bajo mis pies; una sencilla caja de pino, lecho postrero de un desdichado que ya no era un hombre de carne, sino un repugnante esqueleto, dislocado y mutilado, cual vÃctima de nueva Inquisición, mientras la voz aquella, mÃa y no mÃa a la vez, repetÃa el eterno sonsonete postrero de «… saber las razones por las que…» sonando junto a mÃ, pero como proviniendo, no obstante, de la más apartada lejanÃa, y despertando en mi mente la idea de que en todas aquellas intolerables angustias no llevaba empleado tiempo alguno, pues que estaba pronunciando todavÃa las palabras mismas con las que en Kioto, al lado del yamabooshi, empezaba a formular mi anhelo de saber lo que a mi pobre hermana acontecÃa a la sazón.