La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros
La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros PARTO, PERO NO SOLO
Pocos días después de la escena, me embarqué para Europa, sin volver a ver ya al buen bonzo. Sin duda, estaba ofendido por mis impertinencias e insultos. ¿Qué furia extraña, en efecto, se apoderaba de mí y me obligaba, casi sin poderlo remediar, a insultar al santo asceta? Sin duda, más que una fuerza exterior e insensible que me dominase, era mi amor propio escéptico el que así me impulsaba, y tan seguro me hallaba realmente acerca de las imposturas del yamabooshi que de antemano saboreaba ya mi triunfo sobre él, al retornar entre los míos de allí a varias semanas, y hallarlos sanos y dichosos.
Mas, ¡ay!, no hacía una semana que me encontraba a bordo cuando la venda incrédula comenzó a caer tardíamente de mis ojos.
