La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros

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No obstante todo esto, el joven Franz amaba con delirio la música y, sobre todo y ante todo, su violín. Así que, a los veintidós años de edad, arrinconó por completo sus estudios ocultos, y se consagró desde entonces por entero a su arte, aunque permaneciendo fiel adorador de los dioses griegos, en especial de la musa Euterpe, en cuyo altar, y en el de Pan y de Orfeo, rendía el más noble culto de admiración con su instrumento, que hubiera ansiado parangonar la flauta y la lira de estos últimos dioses. Las notas de su Stradivarius le alejaban sublimes de todo cuanto en este bajo mundo no fuesen sus ensueños musicales con ninfas, sirenas y demás paganas diosas de la melodía y de la poesía. Como nube de perfumado incienso, los acentos celestiales de su violín querido subían a la altura mientras que el joven virtuoso soñaba siempre despierto, viviendo la vida real como a través de un ambiente encantado. Así, aun en su misma aldea, donde sólo se respiraba magia y brujería, pasó siempre como un niño singularísimo, y llegó a ser todo un hombre, sin casi haber tenido juventud.

Nunca cautivó al artista una linda cara de muchacha que fuese capaz de arrancarle de sus solitarios estudios. Su violín eran todos sus amores; en su compañía única había vivido siempre, sin contar con otro auditorio para sus conciertos musicales que los dioses y diosas de la Grecia clásica de aquellas sierras. ¡Un ininterrumpido ensueño de armonía y de luz!


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