La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros

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Maestro y discípulo acordaron ambos pasar a París, tocando en varias ciudades alemanas del camino. Con ello, el joven Franz olvidó en breve su vida vagabunda; desechó las nostalgias de su independencia artística, despertándose, en cambio, su antigua y dormida ambición de lauros y de oro. Contento desde la muerte de su madre con el aplauso de los dioses moradores de su volcánica fantasía, quería, además, el aplauso de los hombres mortales. Bajo la severa enseñanza de Klaus, su talento musical nativo ganaba en vigor y en magia cada día, extendiéndose la fama de sus méritos rápidamente por ciudades y villas. Las más geniales mentalidades de varios centros le proclamaron pronto violinista sin rival, el violinista único, con lo cual no hay que añadir que perdieron la cabeza al fin tanto el maestro como el discípulo.

Mas la capital de Francia no le concedió de buenas a primeras al joven tamaña reputación, porque es sabido que París acostumbra hacerse por sí mismo las reputaciones, sin aceptarlas bajo la fe de otros. Así que el violinista Franz llevaba ya allí tres años y remontaba aún por la áspera pendiente de su calvario como artista cuando le acaeció un suceso que llegó a marchitar todos sus ensueños de gloria. El primer concierto de Paganini puso a la ciudad-luz en intensa conmoción. El maestro italiano apareció, y Lutecia entera cayó a sus pies.


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