La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros
La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros Franz Stenio luchó varios días entre la vida y la muerte. El médico diagnosticó una fiebre cerebral, de la que todo podía temerse. Yacía el joven en un casi continuo delirio, y Klaus, que le cuidaba noche y día con verdadera solicitud paternal, estaba horrorizado de su propia obra. El viejo profesor, no obstante los años que llevaba tratando a su discípulo, no había comprendido hasta entonces toda la nativa brutalidad de aquella alma selvática, supersticiosa e impasible, cuya vida entera habíase refugiado en la pasión por la música tan sólo, alma que únicamente podía alimentarse del aplauso, alma terrenal, inhumana; alma genuina de artista, pero con la parte divina ausente en absoluto de aquel hijo de las musas, toda imaginación y poesía cerebral, pero sin corazón, sin piedad.
Más de una vez, al seguir el inseguible hilo de aquella delirante fantasía, el buen anciano se creía transportado por vez primera a una región inexplorada, absurda de locura, cual si aquella naturaleza psíquica, encerrada en el débil cuerpo del enfermo, no fuese de esta Tierra, sino de algún otro planeta informe o incompleto. El terror ante todo ello le tenía también enfermo ya a él, y hasta llegó a preguntarse si valdría la pena salvar la vida de aquella criatura infernal o dejarla morir piadosamente antes de que recobrase el uso de sus sentidos.
