La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros
La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros El momento supremo llegó: Franz Stenio se hallaba en su puesto, tranquilo y sonriente. El teatro estaba lleno, de bote en bote, y mucha gente había quedado fuera pretendiendo entrar por dinero o por favor. Un río de oro desaguaba, pues, en el bolsillo del avaro Paganini, seguro, además de su triunfo artístico.
Tocábale empezar al famoso maestro. Cuando, dueño perfecto del público, salió a escena con su Stradivarius, estalló una frenética tempestad de aplausos, que duró largo rato, haciendo retemblar las paredes del salón. En medio del más religioso silencio, preludió sus célebres variaciones de La bruja, interrumpidas por mal contenidos «¡bravos!». Al acabarlas de un modo prodigioso, aquello fue el delirio de entusiasmo, haciendo creer al joven Stenio, durante largo rato, que su turno no le llegaría nunca, o que el público, creyendo insuperable la ejecución que acababa de oír, ni se prestaría a escucharle siquiera. Por fin, el maestro, abrumado por tantos lauros, pudo retirarse del escenario, pero no sin tropezar su desdeñosa mirada triunfal con la serena y retadora del joven Franz, que se disponía para su faena.
