MartÃn Rivas
MartÃn Rivas 12
A las ocho de la noche entró MartÃn en una casa vieja de la calle de la Ceniza que ocupaba San Luis.
Éste salió a recibirle y le hizo entrar en una pieza que llamó la atención de Rivas por la elegancia con que estaba amueblada.
—Aquà tienes mi nido —dÃjole Rafael, ofreciéndole una poltrona de tafilete verde.
—Al pasar por esta calle —dijo Rivas— no se sospecharÃa la existencia de un cuarto tan lujosamente amueblado como éste.
—Los recuerdos de mejores tiempos es lo que ves en torno tuyo —contestó Rafael—. Entre muchas cosas que he perdido —añadió con acento triste—, me queda aún el gusto por el bienestar y he conservado estos muebles… Pero hablemos de otra cosa, porque quiero que estés alegre para estarlo yo también. ¿Sabes a dónde voy a llevarte?
—No, por cierto.
—Pues voy a decÃrtelo mientras me afeito.
Rafael sacó un estuche, preparó espuma de jabón y se sentó delante de un espejo redondo, susceptible de bajar y subir. Hecho esto empezó la operación, hablando según ella se lo permitÃa.
