Martín Rivas

Martín Rivas

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—Y las niñas, ¿qué tales son? —preguntó Rivas para llenar una pausa que hizo Rafael—. Ya te lo diré; pero vamos por partes. La familia se compone de una viuda, un varón y dos hijas. Daremos primero el paso al bello sexo por orden de fechas. La viuda se llama doña Bernarda Cordero de Molina. Tiene cincuenta años mal contados y se diferencia de muchas mujeres por su afición inmoderada al juego, en lo que también se parece a ciertas otras. Las hijas se llaman Adelaida y Edelmira. La primera debe su nombre a su padrino, y la segunda a su madre, que la llevaba en el seno cuando vio representar Otelo y quiso darle un nombre que le recordase las impresiones de una noche de teatro. Ya la oirás hablar de estos recuerdos artísticos. Adelaida cultiva en su pecho una ambición digna de una aventurera de drama: quiere casarse con un caballero. Para las gentes de medio pelo, que no conocen nuestros salones, un caballero o, como ellas dicen, un hijo de familia, es el tipo de la perfección, porque juzgan al monje por el hábito. La segunda hermana, Edelmira, es una niña suave y romántica como una heroína de algunas novelas de las que ha leído en folletines de periódicos que le presta un tendero aficionado a las letras. Las dos hermanas se parecen un poco: ambas tienen pelo castaño, tez blanca, ojos pardos y bonitos dientes; pero la expresión de cada una de ellas revela los tesoros de ambición que guarda el pecho de Adelaida y los que atesora el de Edelmira, de amor y de desinterés. El corazón de ésta es, como ha dicho Balzac de una de sus heroínas, una esponja a la que haría dilatarse la menor gota de sentimiento.


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