Martín Rivas
Martín Rivas 14
Entretanto, la animación iba cobrando por momentos mayores proporciones, y los vapores espirituosos de la mistela, apoderándose del cerebro de los bebedores en grado visible y alarmante. Cada cual, como en casos tales acontece, elevaba su voz para hacerla oír sobre las otras, y los que al principio se mostraban callados y circunspectos, desplegaron poco a poco una locuacidad que sólo se detenía en algunas palabras a causa del entorpecimiento comunicado a las lenguas por el licor. Un arpa se había agregado a la guitarra y hecho desdeñar el uso del piano como superfluo. Tocaban de concierto aquellos dos instrumentos, y a la voz nasal de la cantora, que a dúo se elevaba con la de Amador, se tenía el coro de animadas voces con que los demás trataban de entonar su acompañamiento con el estribillo de una tonada; todo lo cual hacía levantar de cuando en cuando la cabeza a doña Bernarda y exclamar para restablecer el orden:
—¡Adiós, ya se volvió merienda de negros!
El oficial de policía, a quien llamaban por el nombre de Ricardo Castaños, aprovechándose del momento en que Rivas se puso de pie para libertarse de la zamacueca, se había sentado junto a Edelmira y le daba quejas por la conversación que acababa de tener, mientras que Agustín, olvidado de su aristocrática dignidad, bebía todo el contenido de un vaso en el que Adelaida había mojado sus labios.
