MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Usted puede ejecutarme, no tengo con qué pagar. Más si en lugar de cobrarme quiere usted arriesgar algunos medios, le firmaré a usted un documento por valor doble que el de esa letra y cederé a usted la mitad de una mina que poseo y estoy seguro hará un gran alcance en un mes de trabajo.
Don Dámaso era hombre de reposo y se volvió a su casa sin haber dado ninguna respuesta ni en pro ni en contra. Consultóse con varias personas, y todas ellas le dijeron que don José Rivas, su deudor, era un loco que habÃa perdido toda su fortuna persiguiendo una veta imaginaria.
Encina pesó los informes y las palabras de Rivas, cuya buena fe habÃa dejado en su ánimo una impresión favorable.
—Veremos la mina —le dijo al dÃa siguiente.
Pusiéronse en marcha y llegaron al lugar donde se dirigÃan, conversando de minas. Don Dámaso Encina veÃa flotar ante sus ojos, durante aquella conversación, las vetas, los mantos, los farellones, los panizos, como otros tantos depósitos de inagotable riqueza, sin comprender la diferencia que existe en el significado de aquellas voces. Don José Rivas tenÃa toda la elocuencia del minero a quien acompaña la fe después de haber perdido su caudal, y a su voz veÃa Encina brillar la plata hasta en las piedras del camino.