MartÃn Rivas
MartÃn Rivas 15
Rafael y MartÃn llegaron a casa del primero poco tiempo después de salir de la de doña Bernarda.
Era ya cerca de las tres de la mañana cuando los jóvenes llegaron a la casa de la calle de la Ceniza que ocupaba San Luis.
—Ya es muy tarde para que te vayas —dijo éste a Rivas—, y mejor me parece que te quedes conmigo. AgustÃn no se encuentra en estado de moverse, de modo que nadie entrará y no notarán tu ausencia.
Al decir estas palabras encendÃa Rafael dos luces y presentaba a Rivas una poltrona.
—¿Nada te has divertido? —le preguntó.
—Poco —dijo MartÃn, reclinándose caviloso en la poltrona.
—Te vi un momento conversar con Edelmira. Es una pobre muchacha desgraciada, porque se avergüenza de los suyos y aspira a gentes que la valgan, a lo menos por el lado del corazón.
—Lo que he adivinado de sus sentimientos en la corta conversación que tuvimos me inspiró lástima —dijo MartÃn—. ¡Pobre muchacha!
—¿La compadeces?
—SÃ, tiene sentimientos delicados y parece sufrir.
