Martín Rivas
Martín Rivas 18
Dijimos que Rafael San Luis ocupaba con una tía suya la casa de la calle de la Ceniza. Esta tía, a quien la falta de dinero y de hermosura habían dejado soltera, concentró poco a poco todos sus afectos en Rafael cuando le vio huérfano y abandonado de la suerte. Uniendo una pequeña suma que poseía con ocho mil pesos que su sobrino había recibido de la testamentaría de su padre, después de cubiertos los créditos al tiempo de su muerte, doña Clara San Luis consagró sus desvelos a Rafael, a quien llevó a vivir a su lado. Sin más ocupaciones que la asistencia a la misa y a las novenas de su devoción, la señora siguió sobre el rostro de Rafael la historia de sus pesares, con la perspicacia de una persona que se encuentra ya libre de personales preocupaciones en la vida. Sin solicitar jamás las confidencias del joven, supo seguirle paso a paso en su desaliento, atreviéndose cuando más a aventurar algún consejo cristiano sobre la necesidad de la resignación y de la virtud.
En los mismos días en que tenían lugar las escenas que llevamos referidas, doña Clara se hallaba profundamente ocupada en buscar a Rafael alguna ocupación que le alejase de Santiago, en donde veía que descuidaba sus estudios para entregarse a los pasatiempos de ocio y de disipación en que San Luis había buscado el olvido de sus pesares.
