MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Don Fidel no ha sido siempre el hombre ministerial hasta la más porfiada intolerancia que tú conoces —dijo Rafael—. Antes de hacerse apóstata en polÃtica, como tantos de los antiguos pipiólos a cuyo partido pertenecÃa, don Fidel hacÃa la guerra al principio conservador, que por desgracia durará aún muchos años en Chile. Sus principios le habÃan ligado estrechamente con los de la misma comunión polÃtica en general; pero muy particularmente con mi padre y mi tÃo, que, habiéndose consagrado al campo e invertido sus ganancias en bienes raÃces, no ha perdido, como mi padre en el comercio, el fruto de largos trabajos en dos o tres especulaciones erradas. Cuando mi tÃo Pedro compró casa en Santiago para venir a curarse, llovieron los empeños para el arriendo de su hacienda del Roble. Naturalmente, la preferencia debÃa obtenerla el amigo y correligionario polÃtico, don Fidel, que solicitó el arriendo. Para don Fidel el negocio era más ventajoso también que para los demás, porque posee al lado del Roble un pequeño fundo de cien cuadras, perfectamente regado y con buenas alfalfas, que es el pasto de que carece la hacienda de mi tÃo, que, en cambio, es muy buena para siembras y para crianza. Al tiempo de reducir el negocio a escritura, se presentó una dificultad, y fue ésta la falta de un fiador. Don Dámaso no se habÃa establecido aún en Santiago, y los demás amigos de don Fidel no se hallaban en situación de prestarle ese servicio. Mi tÃo exigió el fiador porque el Roble habÃa sido comprado casi todo con el dote de su mujer, y no querÃa, ni aun por amistad, dejar de revestir el arriendo de las garantÃas necesarias. En estas circunstancias, don Fidel recibió la oferta de don Simón Arenal como la de un ángel salvador. Don Simón le conocÃa poco; pero llevaba un fin al ofrecerle su fianza con tanta generosidad, y ese fin era el de satisfacer una ambición polÃtica.