MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Creo que debes aceptarlo —dijo MartÃn.
—He pedido algunos dÃas para responder —repuso San Luis—, y vas a ver mi debilidad: este plazo lo he solicitado porque no puedo abandonar completamente la esperanza de que Matilde me ame.
—¿Y qué ganas con esto, cuando siempre eres pobre? —preguntó Rivas, que vencÃa con dificultad las tentaciones que le daban de informar a su amigo de sus sospechas vehementes sobre este punto.
—Es cierto, soy todavÃa pobre —contestó San Luis—; pero si ella me amase, podrÃa tal vez obtener su mano cediendo el arriendo a su padre, lo que para él es una cuestión importantÃsima. Recomendándome de este modo a sus ojos, él y yo olvidarÃamos lo pasado; Matilde serÃa el lazo de unión entre las dos familias, y yo, con el apoyo de mi tÃo, emprenderÃa cualquier otro trabajo en compañÃa con su hijo. MartÃn pensó que tal vez su última conversación con Leonor decidirÃa sobre la suerte de su amigo, pues no podÃa suponer que las repetidas preguntas que sobre él le habÃa hecho la niña hubiesen sido por mera curiosidad.
—Tienes razón —dijo a San Luis—; pero en lugar de pedir un plazo indeterminado, creo que debes exponer tu plan a tu tÃo y hablarle con entera franqueza. AsÃ, este asunto se arreglará mejor que esperando indeterminadamente.