MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —No crea usted —dijo— que haya mentido cuando le dije que el recuerdo de la conversación que tuve con usted me daba deseos de volver; es la verdad. El modo como usted me pintó el pesar que le causaba su posición en el mundo me inspiró una viva simpatÃa, porque encontré cierta analogÃa con mi propia situación.
—Me gusta más que usted me hable de este modo —repuso Edelmira— que como usted habÃa principiado.
—Lo que acabo de decirle es sincero —replicó MartÃn.
—SÃ, lo creo, y me gustará mucho si usted, algún dÃa, tiene bastante confianza en mà para hablarme con la franqueza que yo lo hice la otra noche.
—Ya he principiado, puesto que le digo que encuentro analogÃa entre mi situación y la de usted.
Continuaron de este modo su conversación durante largo rato. Edelmira habÃa encontrado en MartÃn el tipo del héroe que las mujeres aficionadas a la lectura de novelas se forjan en la juventud, y cedÃa a un temor muy natural cuando no querÃa oÃr de su boca los galanteos que oÃa diariamente de Ricardo Castaños y de los demás jóvenes que frecuentaban su casa. Hallaba una grata satisfacción en penetrar en el alma de Rivas por medio de la expansión de la amistad, recurso de que instintivamente hacen uso las almas sentimentales que tienen horror innato a las formas estudiadas del lenguaje amoroso.