Martín Rivas
Martín Rivas 26
Agustín regresó con su hermana del paseo en que habían acompañado a Matilde, consultando a cada momento su reloj, cuyos punteros se le figuraba retardaban aquel día su marcha, que él medía con su impaciencia de ver llegar la noche.
Había convenido con Adelaida que, para alejar toda sospecha, no se presentaría a la visita ordinaria en casa de doña Bernarda, y que un postigo de una pequeña ventana con reja de palo, que daba a la calle, indicaría, estando abierto, que su querida le esperaba.
Aquel día Martín no se presentó a la hora de comer; había recibido una esquela de San Luis que lo llamaba para referirle sus emociones del paseo y hablarle de la felicidad que desbordaba de su corazón.
Agustín sostuvo la conversación en la mesa con gran prodigalidad de galicismos y frases afrancesadas, algunas de las cuales, según decía doña Engracia, la regalona Diamela comprendía, porque así lo indicaba el movimiento de sus orejas.
