Martín Rivas
Martín Rivas 27
Media hora antes de la convenida se encontraba Agustín en las inmediaciones de la casa de doña Bernarda.
Las visitas se habían retirado, y la criada cerró la puerta de calle, que rechinó al girar sobre sus goznes. No lejos de Agustín, que ocultó su rostro bajo el cuello de un ancho paletó, pasaron dos de los visitantes de doña Bernarda con Ricardo Castaños, el oficial de policía.
El corazón del hijo de don Dámaso palpitó de alegría al ver abrirse el postigo que daba la señal de que era esperado. Considerábase en ese instante como el héroe feliz de alguna novela, y de antemano se regocijaba su orgullo al pensar que una mujer bonita le amaba lo bastante para sacrificarle su honra. Esta reflexión le realzaba considerablemente a sus propios ojos, llenándole de amor y reconocimiento hacia la divina criatura que le entregaba su corazón, fascinada por los irresistibles atractivos de su persona.
