MartÃn Rivas
MartÃn Rivas A pesar de esto, don Fidel no descuidaba el negocio del arriendo del Roble. Su ambición le aconsejaba mascar a dos carrillos, como vulgarmente se dice, y le parecÃa que era una empresa digna de su ingenio la de casar a Matilde con AgustÃn y obtener al mismo tiempo un nuevo arriendo por nueve años de la hacienda en que se cifraban sus más positivas esperanzas de futura riqueza. Con tal mira habÃa suplicado de nuevo a su amigo don Simón Arenal el hacer otra tentativa cerca del tÃo de Rafael para conseguir el arriendo deseado.
Don Fidel no creyó necesario esperar la respuesta de su amigo, y el dÃa 11 se apresuró a dirigirse a casa de don Dámaso antes de las doce del dÃa, hora en que su cuñado salÃa de su casa a dar una vuelta por las calles y a conversar algunas horas en los almacenes de los amigos, ocupación de la que muy pocos capitalistas de Santiago se dispensan.
Mientras camina don Fidel, nosotros veremos a Amador Molina que llega a casa de don Dámaso, como en la noche anterior le habÃa anunciado a AgustÃn. El hijo de doña Bernarda era aquella vez puntual, como todo el que cobra dinero, y llevaba el sello del siútico más marcado en toda su persona que en cualquiera de las demás ocasiones en que ha figurado en estas escenas.