MartÃn Rivas
MartÃn Rivas 31
Don Dámaso continuaba su paseo y sus reflexiones. El vaticinio de su cuñado le parecÃa un oportuno aviso para fijarse en adelante con más cuidado en la conducta de su hijo.
MartÃn concluyó sus quehaceres y se retiró del escritorio, dejando a su huésped entregado a estas reflexiones.
Cuando AgustÃn entró en el cuarto, don Dámaso le miró siguiendo la ilación de sus ideas.
—AgustÃn, ¿en dónde visitas ahora? —le preguntó.
AgustÃn, que habÃa preparado ya la frase con que debÃa entablar su petición de dinero, se turbó al oÃr la pregunta de su padre. Temeroso de ver divulgado su secreto, parecÃale que semejante pregunta era un indicio evidente de que don Dámaso tenÃa ya alguna sospecha de su casamiento.
—¿Yo? —contestó balbuciente—, visito en algunas, como usted sabe, y…
—SerÃa tiempo que pensases ya en trabajar en algo —le dijo don Dámaso interrumpiéndole.
—Oh, yo estoy muy dispuesto a trabajar. ¡Ojalá ahora mismo se presentase la ocasión!
