MartÃn Rivas
MartÃn Rivas 32
Don Fidel Elias regresó a su casa felicitándose, como dijimos, de su actividad y maestrÃa para conducir los negocios.
Entre nosotros es bastante conocido el tipo del hombre que dirige a este fin todos los pasos de su vida.
Para tales vivientes, todo lo que no es negocio es superfluo. Artes, historia, literatura, todo para ellos constituye un verdadero pasatiempo de ociosos. La polÃtica les merece atención por igual causa y adoptan la sociabilidad por cuanto las relaciones sirven para los negocios. Hay en esas cabezas un soberbio desdén por el que mira más allá de los intereses materiales, y encuentran en la lista de precios corrientes la más interesante columna de un periódico.
Entre estos sectarios de la religión del negocio se hallaba, como ha visto el lector, don Fidel ElÃas por los años de 1850; es decir, diez años ha. Y en diez años la propaganda y el ejemplo han hecho numerosos sectarios.
Don Fidel, ya lo dijimos, miraba como un buen negocio el casar a Matilde con AgustÃn Encina. Más no por eso dejaba de interesarse vivamente en el otro negocio que tenÃa entre manos: el arriendo del Roble.
