MartÃn Rivas
MartÃn Rivas 34
No era don Dámaso Encina capaz de tomar determinación alguna en asunto de trascendencia por consejos de su propio dictamen; de manera que al llegar a su casa, llamó a su mujer y a Leonor para consultarlas sobre la marcha que convendrÃa adoptar en trance tan difÃcil y delicado.
Al oÃr la relación del caso, doña Engracia estuvo en peligro de accidentarse. Su orgullo aristocrático le arrancó una exclamación que pintaba la rabia y la sorpresa que en oleadas de fuego envió la sangre a sus mejillas.
—¡Casado con una china! —dijo con voz ahogada, apretando convulsivamente a Diamela entre sus brazos.
Y la perrita soltó un alarido de dolor con semejante inesperada presión, que hizo coro con la voz de su ama y dio a sus palabras una importancia notable.
Don Dámaso se tomó la cabeza con las dos manos exclamando:
—Pero, hija, el matrimonio es nulo, ¿no ves que tenemos pruebas?
—¡Qué dirán, por Dios, que dirán! —volvió a exclamar doña Engracia, apretando con más fuerza a Diamela, que esta vez dio un gruñido de impaciencia, aumentando la desesperación de don Dámaso.
Éste se volvió hacia Leonor, que permanecÃa impasible en medio de la confusión de sus padres.
