MartÃn Rivas
MartÃn Rivas 39
Disipados los vapores del licor en el cerebro de doña Bernarda Cordero, después del paseo al Campo de Marte del dÃa 19, acudiéronle los recuerdos a la mañana siguiente, sobre las palabras que de boca de AgustÃn habÃa oÃdo. De ellas se desprendÃa con claridad que existÃa un arreglo sobre el asunto del casamiento y corroboraban esta deducción las equÃvocas razones que habÃa empleado Amador en aquella circunstancia. ¿Qué arreglo era aquél?, y ¿por qué se le dejaba ignorar sus cláusulas a ella, madre de la interesada?, fueron preguntas que surgieron de la mente de doña Bernarda tras larga meditación, avivando, como era consiguiente, su curiosidad y dando origen a un propósito firme de aclarar semejante enigma y de no permitir, como ella decÃa, «que la hagan a una tonta y quieran meterle el dedo en la boca».
Interrogó al efecto a su hijo, quien, deseoso de aplazar cuanto fuese dable la explicación de lo acaecido, contando con que el enojo de su madre disminuirÃa en proporción del tiempo que transcurriese, respondió con evasivas explicaciones que, lejos de adormecer sus sospechas, las aumentaron.
