Martín Rivas
Martín Rivas 40
Dejamos a doña Bernarda Cordero camino de su casa, después de oír de boca de don Dámaso la revelación del secreto que le ocultaba su hijo.
Durante la marcha, la irritación que esta noticia le había causado se aumentó, como era de figurarse. Destruía aquella revelación tan ambiciosas esperanzas, concebidas por causa de Amador, que, al verlas desvanecerse, su encono contra el que, engañándola, se las hiciera abrigar, crecía en proporción del prestigio que cualquiera esperanza adquiere cuando es perdida. Así fue que al entrar en su cuarto arrojó sobre una silla el mantón y llamó a su hija mayor con desabrida voz.
Adelaida se presentó al momento.
—¿Y tu hermano? —le preguntó doña Bernarda.
—En su cuarto estará —contestó la hija.
—Llámalo, tengo que hablar con ustedes.
Pocos instantes después llegaron a la pieza en que doña Bernarda esperaba Adelaida y Amador.
Doña Bernarda miró a su hijo con expresión de ira reconcentrada.
—Conque me has estado engañando, ¿no? —le dijo apoyando ambas manos en la cintura y con un singular movimiento de cabeza.
