Martín Rivas
Martín Rivas 41
Doña Bernarda esperó al día siguiente para hablar a Edelmira de las pretensiones de Ricardo Castaños a su mano. Impresionada con la conversación que acababa de tener con Amador, y segura de su autoridad con respecto a su familia, no se dio prisa en hablar a una de sus hijas sobre matrimonio cuando tenía que pensar en vengarse del agravio hecho a la otra. Dejó, pues, para el día siguiente el asunto de Ricardo Castaños, y se entregó a reflexionar en los medios de castigar a Rafael San Luis.
Satisfactorio fue probablemente el resultado de sus reflexiones, porque al levantarse doña Bernarda parecía más tranquila que en los días anteriores, y su voz, al llamar a Edelmira, había perdido la aspereza con que trataba a los de su casa desde su visita a la de don Dámaso Encina.
Edelmira acudió temblorosa al llamado de su madre, porque no se figuraba que tuviese que decirle nada de lisonjero, en el estado de irritación en que la había visto durante los últimos días.
—Siéntate aquí —le dijo doña Bernarda señalando una silla junto a ella—. Se te ofrece una buena suerte —añadió después de un breve silencio.
Edelmira levantó sobre su madre una mirada de tímida interrogación.
