MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Mientras tanto, en la situación de Leonor y de MartÃn no habÃa más variación que las incidencias naturales de un amor con las condiciones del que hemos pintado, en el que el orgullo, vencido a medias, por una parte, y la excesiva delicadeza por la otra, se hallaban colocados en el resbaladizo terreno que habitan los corazones enamorados. Mediaban ya entre ellos esas miradas vagas con que dos amantes empiezan a comprenderse; esas palabras que balbucientes pronuncian los labios, aunque se refieran a extraño asunto que el que ocupa los corazones; esas reticencias en las cuales se apoyan, en casos semejantes, los espÃritus, para lanzarse en la siempre florida región de la esperanza; esa atmósfera especial, tibia, embalsamada, de que los amantes se sienten circundados cuando, en medio de todos, viven solos, y hallan en el silencio elocuentes armonÃas, en el aire venturosos presagios, en la naturaleza entera una secreta complicidad del inmenso sentimiento que los agita. Y sin embargo ellos no son felices.