MartÃn Rivas
MartÃn Rivas 44
Matilde se arrojó en brazos de su madre con la voz embargada por los sollozos. —Vamos, vamos— dijo don Fidel—, espero que no tomarán ustedes a lo serio los desatinos de la vieja. Que hable cuanto le dé la gana. ¡Cómo podemos nosotros volverle el honor a su hija! ¿No le parece, mi señor don Pedro?
El interés hablaba por boca de don Fidel en aquellas palabras. La idea de romper el ajustado enlace de su hija con Rafael le parecÃa deplorable, considerando que de tal enlace dependÃa el arriendo del Roble.
—Yo hablaré ahora mismo con la señora y trataré de apaciguarla —contestó a su pregunta don Pedro San Luis.
—Me parece muy bien, y le doy a usted las gracias. ¡Vaya con las ideas de la vieja! Estábamos bien que fuésemos nosotros, con una quijoterÃa, a reparar los extravÃos de sus hijas. ¿Por qué no las cuida como debe, en vez de venir a quejarse de la seducción? Vean que vestales tan…
—Hijo, basta, por Dios —exclamó doña Francisca, escandalizada de las máximas sociales que empezaba a exponer su marido delante de Matilde.
—¡Qué hay, pues! Yo sé lo que digo —replicó don Fidel, que se irritaba de cualquiera objeción de su mujer—. ¡Esa vieja es una loca y quién sabe qué más! ¡Como si yo no conociera el mundo!
