Martín Rivas

Martín Rivas

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Capítulo 47

47

La respuesta de Leonor acababa de abrirle un nuevo horizonte, en el que paseó Martín su imaginación con la porfiada avidez del que concibe la primera esperanza de encontrar correspondencia a su amor. El cuento de la muchacha que se entretiene en formar castillos en el aire cuando se dirige al pueblo vecino a vender su cántaro de leche, pinta perfectamente el fulgor de esas primeras esperanzas del amor, muchas de las cuales se desvanecen como los castillos de la muchacha, que rodaron por el suelo con su cántaro y la leche. Felizmente para Rivas, no hubo nada en aquella ocasión que nublase el horizonte en que su imaginación bordaba las deliciosas escenas de la dicha realizada. Las palabras de Leonor, la turbación que las había acompañado, la expresión de sus ojos, todo le ayudaba en su venturoso devaneo.

Sólo al cabo de media hora recordó Martín que tenía en su poder una carta que no había leído.

Abriola y leyó lo que sigue:

«Querido amigo:


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