MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¡Miren si será lesa! —Exclamó doña Bernarda, levantando las manos al cielo—. Allá quisieran todas tu suerte. ¡No te digo, pues! Vean qué desgracia, ¡la quieren casar con un capitán de policÃa y a la señora le parece poco! Haremos, pues, que enviude algún comandante para que te lo traigan.
—Pero, mamita, yo no puedo ser feliz con ese hombre —dijo la angustiada niña.
—SÃ, pues, como eres adivina, sabes que no vas a ser feliz; quieres saber más que tu madre. Si no lo quieres, lo has de querer después; para eso será tu marido. Yo no he de salir a la calle a buscar con quién casarte, ni has de estar toda la vida viviendo a mis costillas, que algún alivio le han de dar a una sus hijas. Yo tampoco querÃa al difunto Molina cuando nos casamos, y harto que lo quise después, y no quiero que me hables más de esto, y yo mando aquÃ.
En vano buscó Edelmira el apoyo de Amador, porque éste se negó a interceder en su favor.
—Mi madre lo quiere —le respondió—, y no hay santo que la apee de lo que se le mete en la cabeza. Déjate de lesuras, ¿qué más quieres que un capitán?
La terquedad de los de su familia hizo de nuevo pensar a Edelmira en el único sostén con que podÃa contar. Volvió la vista hacia Rivas.
«Si todos me abandonan —pensó tomando una pluma—, él me salvará».