Martín Rivas
Martín Rivas 49
A las seis y media de la mañana del siguiente día salió Edelmira de su casa con la criada y llegó poco después a Santa Ana.
En la plazuela de esta iglesia se veía un coche de posta, a cuyas varas había un caballo que tenía por la rienda un postillón montado en otro de la conocida raza de Cuyo, a que también pertenecía el de varas.
El postillón, haciendo de cuando en cuando sonar su rebenque, entonaba sotto voce una tonada popular con voz nasal y monótona.
Edelmira sintió un temblor involuntario al ver el carruaje en que debía efectuar su fuga, y sin advertirlo se detuvo un momento a contemplarlo.
Parece que el aspecto de Edelmira y de su criada despertó el humor galante del postillón, que interrumpió su tonada para decirles:
—¿Qué buscan esos luceros? Aquí me tienen para servirlas.
—Pa qué se apura si naide lo necesita —le contestó la criada.
Edelmira salió de su contemplación con aquellas palabras y dirigió sus pasos hacia la puerta del templo.
—Adiós —exclamó el postillón viéndolas marcharse—, se van y me dejan a obscuras, ¡tanto rigor con tan bonitos ojillos!
