Martín Rivas

Martín Rivas

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Capítulo 51

51

Reinaba en el comedor un gran silencio cuando los dos jóvenes se sentaron.

Don Dámaso saboreaba la sopa con un aire de gravedad afectado, y doña Engracia partía un pedazo de cocido para Diamela.

Leonor fijaba la vista en una de las ventanas de la pieza, de la que pendía una vasta cortina de reps sobre otra blanca de finísimo tejido.

Martín buscó en vano esa mirada, y creyó leer su sentencia en la frente de la niña, que se levantaba con singular altanería.

Sin embargo, aquel silencio era demasiado embarazoso para que pudiese durar mucho tiempo, y necesariamente debía interrumpirlo el más débil de carácter.

Don Dámaso dejó, poco a poco, la gravedad con que había contestado al saludo de Rivas, y se decidió al fin a dirigirle la palabra, ya que nadie rompía un silencio que le incomodaba.

—¿Ha estado usted de paseo? —le preguntó.

—Sí, señor —contestó Martín.

Ninguna otra pregunta se le ocurrió a don Dámaso, y volvió el silencio. Pero Agustín no era de los que podían estarse callados mucho rato, y le pareció que debía seguir el ejemplo de su padre.

—Aquí no hay lugares a propósito para partidas de campaña, como en París —dijo.


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