Martín Rivas
Martín Rivas 52
A principios de enero del año siguiente, la familia de don Dámaso se encontraba en la hacienda de éste.
Como estaba convenido, Matilde había formado parte de la comitiva y ocupaba con Leonor un cuarto cuyas ventanas daban sobre el huerto de la casa.
Agustín y su padre salían diariamente a caballo por la mañana y se reunían con la familia a la hora de almorzar, después de lo cual se tocaba el piano, y Agustín, no encontrando nada mejor en que ocupar el tiempo, hacía la corte a su prima.
Doña Engracia veía con satisfacción las atenciones que su hijo dirigía a Matilde, a quien todos en la casa profesaban un verdadero cariño, y con no menos satisfacción aseguraba la señora que el temperamento del campo había sentado muy bien a Diamela.
Inquietábanla sí, no poco, los ataques a que en esa vida de campo estaba expuesta la virtud de Diamela, con las grandes cuadrillas de galanes que rodeaban a cada uno de los vaqueros que llegaban de los cerros a saludar al patrón.
