MartÃn Rivas
MartÃn Rivas El estado de ánimo de Leonor era completamente distinto. La que al principio parecÃa certidumbre acerca de la existencia de amores entre MartÃn y Edelmira, transformóse poco a poco en duda con el continuo meditar a que la soledad la condenaba. Volvieron entonces a la memoria los recuerdos de las pasadas conversaciones, de las miradas con que MartÃn le decÃa su amor, ya que de palabra no habÃa osado hacerlo, y estos recuerdos dieron verosimilitud a los descargos con que el joven habÃa explicado su conducta. Ingenioso como es siempre el espÃritu en buscar razones en apoyo de lo que el corazón desea, el de Leonor apeló a la franqueza con que Rivas habÃa confesado su participación en la fuga de Edelmira, para concluir de allà en favor de su causa, alegando que el que ha delinquido se parapeta para mayor seguridad en la completa negativa. De estas reflexiones nació, como era lógico, en Leonor el sentimiento de haberle tratado con tanta aspereza y contestado con amargos sarcasmos a la sinceridad de MartÃn. En la distancia todas estas ideas revistieron la memoria del joven con ventajosos colores, de modo que poco antes del regreso de la familia a Santiago, que tuvo lugar a fines de febrero, MartÃn, sin defenderse, habÃa vuelto a conquistar su puesto en el corazón de Leonor, con la ventaja para él de que la niña acusaba entonces de necio al orgullo con que siempre habÃa hecho helarse en los labios de MartÃn las palabras de amor que parecÃan próximas a desprenderse de ellos.