MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¿Será ésta la casa del señor don Dámaso Encina? —preguntó éste, con voz en la que parecÃa reprimirse apenas el disgusto que aquel saludo insolente pareció causarle.
—Aquà es —contestó el criado.
—¿Podrá usted decirle que un caballero desea hablar con él?
A la palabra caballero, el criado pareció rechazar una sonrisa burlona que se dibujaba en sus labios.
—¿Y cómo se llama usted? —preguntó con voz seca.
—MartÃn Rivas —contestó el provinciano, tratando de dominar su impaciencia, que no dejó por esto de reflejarse en sus ojos.
—Espérese, pues —dÃjole el criado; y entró con paso lento a las habitaciones del interior.
Daban en ese instante las doce del dÃa.
Nosotros aprovecharemos la ausencia del criado para dar a conocer más ampliamente al que acaba de decir llamarse MartÃn Rivas.
