MartÃn Rivas
MartÃn Rivas 62
Pero esa tentativa no pudo llevarse a efecto, porque la celeridad de los procedimientos judiciales habÃa excedido toda previsión.
Cuando Leonor y AgustÃn se presentaron, solicitando ver a Rivas, en virtud del permiso que mostraban, recibieron esta lacónica contestación:
—No se puede.
—¿Por qué? —preguntó Leonor con inquietud.
—Porque está en capilla —contestó el que habÃa dado la primera respuesta.
Leonor se apoyó en el brazo de AgustÃn para no caer, aterrada por el espanto que produjeron en su alma esas fúnebres palabras.
AgustÃn, temblando de miedo, llevó a Leonor a la calle, donde el carruaje los esperaba.
La niña se arrojó sobre un asiento de atrás, prorrumpiendo en desesperados sollozos.
—A casa —dijo AgustÃn al cochero.
El coche se puso en marcha.
Al cabo de pocos instantes, Leonor alzó la frente; hubiérase dicho que, al través de las lágrimas que inundaban sus ojos, brillaba en ellos un lejano rayo de esperanza. —¡Todo no está perdido!— exclamó echándose en brazos de AgustÃn.
