Martín Rivas
Martín Rivas 63
Gran sorpresa se pintó en el rostro de Ricardo Castaños cuando vio entrar a su habitación a las tres personas que vimos salir en su busca de casa de don Dámaso Encina.
Ricardo Castaños pertenecía, como ha podido verse en el curso de esta historia, a esa clase de enamorados que saben oponer a los desdenes de sus queridas la resignación que los filósofos aconsejan en los contrastes de la vida. A pesar de haberse visto despreciado por Edelmira, su amor vivía en su corazón y conservaba todo el vigor de los días en que había estado próximo a unirse con la niña por lazos indisolubles. Así fue que, al verla entrar en la pieza que ocupaba en el cuartel, los latidos de su corazón se aceleraron de tal manera, que a la sorpresa que en sus ojos se pintaba, vino muy luego a unirse el rojo tinte que dieron a sus mejillas las oleadas de sangre que el ímpetu del corazón les transmitía.
Confuso y sin acertar a formular palabras claras, ofreció asiento a Edelmira y a los dos jóvenes que la acompañaban.
Edelmira rompió el silencio que a la invitación de Ricardo había sucedido; con voz segura y resuelta expresión de fisonomía, dijo:
—Venimos a verlo para un asunto muy importante.
