MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¿Rafael San Luis no ha venido? —OÃa preguntar casi todos los dÃas.
Y sobre la respuesta negativa, oÃa también variados comentarios sobre la ausencia del que llevaba aquel nombre, y que, a juzgar por la insistencia con que se recordaba, debÃa ejercer cierta superioridad entre los otros que asà se ocupaban de él.
Dos meses después de su incorporación a la clase, notó MartÃn la presencia de un alumno a quien todos saludaban cordialmente, dándole el nombre que habÃa oÃdo ya. Era un joven de veintitrés a veinticuatro años, de pálido semblante y facciones de una finura casi femenil, que ponÃan en relieve la fina curva de un bigote negro y lustroso. Una abundante cabellera, dividida en la mitad de la frente, realzaba la majestad de ésta, y dejaba caer tras de dos pequeñas y rosadas orejas sus hebras negras y relucientes. Sus ojos, sin ser grandes, parecÃan brillar con los destellos de una inteligencia poderosa y con el fuego de un corazón elevado y varonil. Esta expresión enérgica de su mirada cuadraba muy bien con las elegantes proporciones de un cuerpo de regular estatura y de simétricas y bien proporcionadas formas.