MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¡En casa de don Dámaso! —Exclamó con admiración Rafael—. ¿Es usted su pariente? —No, he traÃdo una carta de mi padre para él y me ha hospedado en su casa. ¿Usted le conoce?
—Algo —contestó San Luis con disimulada turbación.
Los dos jóvenes permanecieron silenciosos algunos instantes, hasta que Rafael rompió el silencio hablando de sus asuntos, indiferentes y muy distintos del que les acaba de ocupar.
Al salir de la clase, San Luis convidó a almorzar a MartÃn y se dirigieron a un hotel de pobre apariencia, como lo habÃa calificado el primero.
Una botella estableció más franqueza en la conversación de los dos jóvenes.
—Aquà no comerá usted con el hijo de don Dámaso —dijo Rafael—, pero sà con más libertad.
—¿Ha visto usted su casa? —preguntó Rivas, a quien habÃa picado la curiosidad la turbación de su nuevo amigo al hablar de su protector.
—SÃ, en mejores tiempos —contestó éste—. ¿Y su hija?
—Oh, está lindÃsima —dijo MartÃn con entusiasmo.
—¡Cuidado! Esa respuesta revela una admiración que puede a usted serle fatal —observó San Luis, poniéndose serio.