MartÃn Rivas
MartÃn Rivas 9
La idea de que Leonor amase a su nuevo amigo, infundió a Rivas cierta reserva para con éste, a pesar de la viva simpatÃa que hacia él le arrastraba. Durante varios dÃas trató en vano de aclarar sus sospechas en sus conversaciones con Rafael San Luis. Las confidencias no vinieron jamás a satisfacerle.
Una tarde, después de comer en casa de don Dámaso, se retiraba MartÃn como de costumbre, antes que hubiese llegado la hora de las visitas.
—¿Es usted aficionado a la música? —le dijo Leonor cuando él habÃa tomado su sombrero.
MartÃn sintió que la turbación se apoderaba de su pecho al responder. Le parecÃa tan extraño que la orgullosa niña le dirigiese la palabra, que al oÃr su voz se figuró estar bajo la alucinación de un sueño. Con esta impresión se habÃa vuelto hacia Leonor sin responderla y como creyendo haber oÃdo mal.
Leonor repitió su pregunta con una pequeña sonrisa.
—Señorita —contestó Rivas conmovido—, he oÃdo tan poco, que no puedo calificar de gusto la afición que tengo por ella.
—No importa —dijo la niña con tono imperativo—, oirá usted lo que voy a tocarle, y siéntese al lado del piano porque tengo que hablar con usted.
MartÃn siguió a Leonor abismado de admiración.
