MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Que pase para adentro —dijo al joven.
MartÃn siguió al criado hasta una puerta en la que éste se detuvo.
—Aquà está el patrón —dijo, señalándole la puerta.
El joven pasó el umbral y se encontró con un hombre que, por su aspecto, parecÃa hallarse, según la significativa expresión francesa, entre dos edades. Es decir que rayaba en la vejez sin haber entrado aún a ella. Su traje negro, sus cuellos bien almidonados, el lustre de sus botas de becerro, indicaban el hombre metódico, que somete su persona, como su vida, a reglas invariables. Su semblante nada revelaba: no habÃa en él ninguno de esos rasgos caracterÃsticos, tan prominentes en ciertas fisonomÃas, por los cuales un observador adivina en gran parte el carácter de algunos individuos. Perfectamente afeitado y peinado, el rostro y el pelo de aquel hombre manifestaba que el aseo era una de sus reglas de conducta.
Al ver a MartÃn, se quitó una gorra con que se hallaba cubierto y se adelantó con una de esas miradas que equivalen a una pregunta. El joven la interpretó asÃ, e hizo un ligero saludo diciendo:
—¿El señor don Dámaso Encina?
—Yo señor, un servidor de usted —contestó el preguntado.
