MartÃn Rivas
MartÃn Rivas 10
A la hora de comer entró al salón donde Leonor se hallaba sentada al piano. La timidez que la niña le habÃa infundido desde el primer dÃa se manifestó en su pecho más poderosa que antes. Parecióle que si se dejaba ver, estando ella sola, Leonor leerÃa en su corazón el amor que le profesaba ya. El amor que teme no ser correspondido infunde esta clase de timidez a los hombres más enérgicos.
«Me tendrá compasión», pensó al instante, retirándose y sintiendo que la humillación que le hacÃa sufrir esta sola idea encendÃa sus mejillas.
Leonor alcanzó a divisar a Rivas cuando entraba. Lejos de manifestar la indiferencia que siempre mostraba por la presencia del joven, dejó precipitadamente su asiento y salió hasta la puerta para llamarle.
MartÃn volvió entre la sorpresa y la turbación que le causaba aquel llamado tan imprevisto.
—¿Por qué se retira usted? —le preguntó Leonor, notando la confusión que se pintaba en el semblante de MartÃn.
—Creà que usted estaba ocupada y temà incomodarla —contestó él.
—¡Incomodarme! ¿Y por qué? Ya ve usted que le he llamado.
—Mil gracias.
—Venga a sentarse, tenemos que hablar.
