El Decamerón
El Decamerón En Bolonia, nobilísima ciudad de Lombardía, había un caballero muy distinguido por su virtud y nobleza de sangre, al que llamaban micer Gentil Carisendo. Este joven se enamoró de una dama llamada doña Catalina, esposa de un tal Niccoluccio Caccianemicco, y, casi desesperado del amor de aquella mujer, habiendo sido nombrado podestá de Módena, allá se fue.
No estando entonces Niccoluccio en Bolonia, y habitando su esposa en una posesión que podía distar de la ciudad unas tres millas y a la que había ido por hallarse embarazada, le sobrevino un fiero accidente, tal y de tanta fuerza, que extinguió en ella todo signo de vida, de suerte que algunos médicos la juzgaron muerta. Y como sus parientes habían oído que, por el tiempo que ella llevaba embarazada, no podía estar aún perfeccionada la criatura, sin preocuparse más, entre muchos llantos, la sepultaron en las tumbas de una iglesia vecina. Y un amigo indicó esto en seguida a micer Gentil. El cual, aunque nunca hubiera poseído la gracia de la mujer, se dolió mucho y dijo: «¡Ay, que eres muerta, doña Catalina! Nunca, mientras viviste, pude conseguir una mirada tuya y, puesto que ahora no te podrás defender, quiero, muerta, algún beso robarte».