El Decamerón

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De suerte que la amistad es cosa santísima, y no sólo digna de singular reverencia, sino de ser encomiada con perpetuos loores, como madre discretísima de munificencia y honestidad, hermana de gratitud y caridad, y enemiga de odio y avaricia. Y siempre, sin esperar ruego, está presta a hacer a otros, virtuosamente, lo que a uno mismo quisiéramos que se nos hiciese. Los santísimos efectos de la amistad hoy muy raramente se ven, lo que es culpa y afrenta de la mísera codicia de los mortales que, sólo a su propia utilidad mirando, a los más extremos términos de la Tierra han, con exilio perpetuo, relegado la amistad. ¿Qué amor, qué riqueza, qué parentesco habrían impresionado el corazón de Gisippo con tanta eficacia como el fervor, las lágrimas y los suspiros de Tito, al punto de hacer que fuera para el segundo la bella y gentil esposa amada por el primero? ¿Y qué leyes, amenazas o temores, no siendo la amistad, habrían vedado a los juveniles brazos de Gisippo el aceptar en los lugares oscuros y solitarios y aun en el lecho propio, los abrazos de la joven, quizás a veces invitativa? ¿Qué estados ni méritos, fuera de la amistad, habrían puesto a Gisippo en trance de no curarse de perder a sus parientes y enemistarse con los de Sofronia, de no preocuparse de las habladurías del populacho, y de no atender a befas ni escarnios con tal de servir a su amigo? Y, por otra parte, fuera de la amistad, ¿qué habría podido impelir a Tito, sin deliberación alguna, a procurar su muerte con tal de librar a Gisippo de la cruz que él mismo se había buscado? ¿Quién, sino la amistad, habría hecho a Tito distribuir, sin dilación, su amplísimo patrimonio con Gisippo, al cual la fortuna se lo había quitado todo? ¿Qué, salvo la amistad, habría inducido a Tito a dar su hermana a Gisippo, a quien veía pobrísimo y en gran extremidad? Deseen, pues, los hombres tener multitud de consortes, turbas de hermanos y gran cantidad de hijos, y con sus dineros sus servidores acrezcan; que ya verán cómo uno de éstos, si teme algún pequeño peligro, abandonará, con solicitud, en peligros grandes, al padre, al hermano, o al señor, mientras todo lo contrario suele hacer el amigo.


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